La persona tibia se plantea una vida espiritual muy cómoda. Perdido que se ha el ardor espiritual, se conforma con el “yo no mato ni robo”; pero olvida que su vida espiritual no consiste en no hacer nada malo sino el “luchar por la santidad”.
El alma tibia acepta el pecado venial con toda tranquilidad; conoce su maldad, pero como no llega a ser pecado mortal, vive con una paz aparente, considerándose buen cristiano, sin darse cuenta de la peligrosidad de tal conducta, ya que es el detonante del pecado mortal.

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