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El mundo está todo lo loco que puede estar.
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| Una imagen de la locura, todo está permitido. Texto de Marcelo Gomzales del PCI. |
(parte del texto, que puede ver completo en el vínculo del final)
Por el lado de “Occidente”, mejor decirlo a la yanqui, “the West”, porque confunde menos, no queda maniobra suicida por realizar. Se abjura de las instituciones básicas de cualquier sociedad que aspire a sobrevivir y se exalta todo capricho autodestructivo. En nombre de la tolerancia.
Una sociedad llega a la madurez cívica –dicen- si es capaz de asumir el “valor de la tolerancia”: es dogma democrático. Salteándonos el chiste obligado de las “casas de tolerancia”, un poco demodé en estos tiempos, es necesario poner en su justo contexto hasta qué punto esa tolerancia es tolerable.
La Buena Tolerancia
Según nos enseña el buen sentido y la sana doctrina católica, uno tolera lo que no es bueno, pero cuya erradicación se vuelve –bajo las presentes circunstancias- contra el bien que se pretende tutelar. Es decir, en sentido moral se tolera lo malo para evitar agravarlo y hacer un mal mayor. Pero no se desiste del propósito de que eso malo, cuando sea posible, quede limitado o erradicado.
Sin embargo, hay un límite para las cosas, inclusive para las cosas buenas, en orden a su realización práctica en la vida social, no a su deseable perfección. Por lo que sabemos, no existió ni existirá era humana en la que haya reinado el bien y haya sido suprimido el mal de un modo radical, ni siquiera en el Paraíso tan perdido, ya que allí existía la posibilidad del pecado, que de hecho ocurrió. Allí donde todo estaba preparado para que reinara el bien, se introdujo el mal.
De modo que, por fuerza, un poco hemos de tolerar en esta tierra lo malo: deshonestidad, latrocinio, maledicencia, depravación, egoísmo. Enfermedades, accidentes, plagas, quebrantos, terremotos, inundaciones y tsunamis. Mal que pese a los utopistas cristianos y a los viejos socialistas, nunca se podrá erradicar de la realidad humana la pobreza por completo, ni la enfermedad. Tampoco los vicios. Ni los huracanes. Y a quien haya logrado esquivar todo eso, lo alcanzará la muerte tarde o temprano. Por eso “gemimos y lloramos en este valle de lágrimas”
Por si la experiencia no fuese suficiente, lo anticipó Nuestro Señor con expresa claridad: “A los pobres siempre los tendréis entre vosotros”. Así que, quien planee acabar con la pobreza del mundo, o la enfermedad, pierde el tiempo. No así quien busque aliviar tanto una como la otra por los medios adecuados. Esto está en el corazón del Evangelio, en las Bienaventuranzas, y sus consecuentes obras de misericordia. Es la famosa “añadidura” que sigue al Reino de Dios y su justicia.
Por lo cual, “tolerar” es parte del mal con el que tenemos que convivir, es la sopa de coliflor que precede, no el postre que culmina la felicidad social, en la medida que ella tenga algún grado de realización. Si alguna felicidad, orden y justicia queremos alcanzar, habrá que comer la sopa guste o no. Eso si, tolerar lo menos posible, siempre teniendo como prudente meta el bien común.
Por eso, no podemos menos que celebrar, en medio de la locura general del mundo, el frenate que Putin puso a los putinesy a los descerebrados ambientalistas. Lo hizo con cierta tolerancia -más bien poca- pero proporcional a la capacidad de tolerar de los rusos. Aunque no tan poca que llegara a los extremos de hacer de sus medidas una excusa válida para los enemigos del orden natural.
Cosa que sí hicieron, dicho esto con todo respeto y dolor en el corazón, los sufridos ugandeses, al penar la sodomía con hasta prisión perpetua, después de un fallido intento de “pena capital”, tiempo atrás. Lástima. Con el mismo criterio, Nigeria había dado con el modo justo, y Rusia el justo procedimiento. Eso pasa cuando la utopía del bien absoluto realizable en esta tierra obnubila el buen sentido.
En los tiempos cristianos, y en la Roma papal misma, la prostitución, por hablar de un mal ancestral, se toleraba en algunos lugares de mala fama, y hasta se le fijaban impuestos. Cuando algún rey santo la quiso erradicar de Francia produjo un mal mayor y debió permitirla limitadamente. Un utopista, en cambio, en su rigidez mental podría llegar a la conclusión de que se la acaba destripando mujeres en los barrios sórdidos de Londres.
Y esto en un tiempo en que la prostitución era condenada por la sociedad. Hoy en día la prostitución solo existe legalmentepor debajo de los 18 años, y sus “trabajadoras” están agremiadas y piden beneficios sociales. El primero es un ejemplo de la sana tolerancia, el último de la tolerancia democrática insana.
¿Cómo se podría hoy acabar con la prostitución si se la promueve desde los medios públicos de comunicación y sus representantes más exitosos/as se “casan” con deportistas, políticos y hombre de empresa? ¿Podríamos hoy –excepción hecha de quienes son sometidas a esclavitud– luchar contra la prostitución por vías legales? Parece que habrá que tolerarla. Solo se puede hacer algo, pero muy importante: reconstruir las virtudes familiares y cuidar la pureza de los hijos (y la propia), cosas que muchos escandalizados por la realidad, en realidad, descuidan bastante. Pretenden lo imposible y olvidan lo posible.
De donde la tolerancia que nos impone el mundo moderno es mala, pero la intolerancia absoluta también, sobre todo si se limita a ladrar pero no se ocupa de restaurar, al menos en pequeño, en el orden familiar y vecinal, la cristiandad.
Y un buen modo de argumentar contra esta tolerancia intolerable, aplicando la buena, consiste en señalar los resultados de estas políticas ya probadas en los “países desarrollados”, que nos pretenden encandilar con su felicidad.
Para ello traigo a referencia ciertos productos mediáticos que muestran como resulta el modelo de vida que nos ofrecen. He tenido la paciencia de ver algo de una serie británico-sueca, Wallander. Algunos de sus capítulos a fin de comentarlos, porque tienen miga.
La “tolerancia” en acción
Para quienes no lo sepan, Wallander es la historia de un detective de homicidios que resuelve los casos, como es de esperar… en la ficción. Esa parte es convencional, pero el personaje tiene algo de genuino. Muestra, en sus investigaciones y en su propia vida, muy ligada a su trabajo, la “felicidad” de los habitantes de Suecia, país donde casi no hay delincuentes según sus estadísticas, aceptadas por todos, aunque parece que sí los hay según la serie. Porque no solo lidia con casos terribles, sino que trata de vivir o sobrevivir conforme a las normas de “libertad y tolerancia” que se nos ponen como modelo de la felicidad moderna. Lo cual, siendo él policía, le resulta particularmente conflictivo.
Si hay algo ausente de todos y cada uno de los personajes, los buenos, los malos, los masomenos, es la felicidad. Reina la amargura desesperada, la ruptura de toda relación natural y normal: padres que odian a sus hijos, hijos que reniegan de sus padres. Matrimonios destrozados. Nadie se habla sino para decirse reproches. Todos se maltratan. Y convivir en paz les resulta “antinatural”.
Un caso: el pobre Wallander se ve obligado a matar a un criminal (muy criminal, porque era un neonazi racista y malvado) y lo hace en buena ley, en defensa propia… No lo va a “cazar”. Es tolerante. Trata de que se entregue. Wallander es un experimentado detective que, a juzgar por la edad, no puede tener menos de 25 años de policía. Pero el hecho de “quitar una vida” lo lleva a renunciar, a sumirse en el ostracismo y la desesperación; a pensar en el suicidio (o sea, quitar otra vida). Se salva de la debacle porque una psiquiatra lo convence de que la vida es una porquería, se le va a hacer… Asume un estoicismo nihilista. ¡Estamos condenados a vivir!
¡No se puede creer! Pero es creíble, como todo el ambiente opresivo que se vive, desde el mobiliario de las casas, la tristeza de los caminos, la espantosa arquitectura social sueca y el modo de relacionarse entre las personas, que parecen más bien fantasmas, que se avivan un poco emborrachándose.
Si algún día voy a Suecia será para ver los fiordos, porque de esos vitales vikings que robaban, mataban, invadían y colonizaban sin cargo de conciencia (era su trabajo después de todo) y que nos legaron, Evangelio mediante, ejemplares como San Bladimir o Guillermo el Conquistador, en Suecia no queda nada. Eran mejores cuando eran malos, que ahora que son… nada. Eso sí, no se roban el diario de los puestos de venta, en los que no hay vendedor…
Lo que queda de Inglaterra
Otro testimonio de la insoportable felicidad de la vida occidental lo ofrece una serie de la cual he podido apenas ver dos breves capítulos, por razones de salud. Es inglesa y se titula REV, apócope de Reverend. El personaje central es un “vicar”, el equivalente en la iglesia anglicana de un párroco católico. En Londres y en la actualidad.
El actor, como casi todos los ingleses, es bueno y da físicamente el tipo perfecto de su personaje: un reverendo idiota. Está destinado a una parroquia cuyo edificio es impresionante y su ubicación, aunque en Londres mismo, la condena a una feligresía lumpen, desquiciada, con más el aditamento de un secretario parroquial “gay” que no ha salido aún del armario y una esposa que cree poco y nada. Lo mismo que el párroco. El vicario general es del mismo barrio que el secretario parroquial (dicho metafóricamente…) y el obispo un perfecto anglicano, que es casi como decir un perfecto fariseo.
El vicario es un tonto bondadoso. Es la encarnación misma de la misericordia francisquista que hoy celebramos. Todo está bien, nada es malo, no hay ninguna regla ni ley divina que se deba respetar más allá de la propia conciencia y el propio sentimiento. Por eso sufre: si da limosna la usan para comprar droga o emborracharse. Casi nadie asiste a los servicios. La iglesia se cae por falta de mantenimiento. Y él, cada tanto se enreda en algún asuntillo con alguna allegada a su rebaño. Con los remordimientos del caso, que no son por haber ofendido a Dios, sino apenas por haber defraudado a su esposa. Porque él es “bueno”, pero no es hombre, es medio hombre. O un cuarto.
No hay en todo esto ni un rastro de ley revelada, de fe objetiva en las realidades sobrenaturales, ni siquiera un código moral exterior. Todo fue abolido y la ley es la “bondad”. No un “ama y haz lo que quieras”, es un “haz lo que quieras”, nada más, porque sus sentimientos son buenos. Pero sus obras y las de sus fieles, consecuentemente, son malas.
Para no alargar, el tipo del clérigo cristiano (que a esta altura bien podría ser católico, sin matices prácticamente) luce tan decadente y falto de convicciones, tan flojo aun de virtudes naturales básicas, tan escaso de certezas, que produce ira, y queda en completa desventaja moral ante los jefes musulmanes del barrio, quienes imponen a sus seguidores los preceptos del Corán, tienen una comunidad ordenada y rica, y las mezquitas revientan de concurrencia. Ante esto el vicario se pregunta si tal vez no sería conveniente volver a poner “reglas”. Pero desiste al instante de una idea tan ardua.
Uno prefiere el tipo inglés del pirata, del descubridor inescrupuloso, del guerrero colonialista. Con todo lo malo, tenía coraje y voluntad. Y hasta era capaz de arrepentirse en serio. Puedo imaginar a muchos piratas pidiendo perdón a Dios en el lecho de muerte, pero este vicario y su feligresía solo usa la palabra “Dios” como si fuese una referencia folklórica. Están muy lejos de creer en El y en lo que enseña y manda. Se han degradado por debajo de lo humano. Son… fantasmas.
La tolerancia del humanismo inhumano
Esto es lo que promueve la sociedad “occidental y cristiana” inglesa o al menos lo acepta y celebra como una pintura de la realidad. Y es lo mismo que promueven en casi toda Europa las ex naciones católicas, que son prácticamente todas. La nada tolerante y confortable, aunque cada vez menos. Ahora angustiada más que antes por el terror de que un yihadistalos vuele o apuñale a la vuelta de sus casas. Prefieren suicidarse ellos mismos.
Hace treinta años no más, cualquier persona decente veía con reticencia o rechazo lo que hoy se nos quiere imponer, de hecho se nos impone –al menos materialmente- como modelo de “perfección moral”, a saber, la moral de la amoralidad. Pero no fundada en la pasión, sino en la ideología. No hace falta entrar en más detalles, pero poco ha se publicó en el New York Times un panegírico de la educación “neutra” de género, tomando como ejemplo un jardín de infantes… de Suecia. Y La Nación diario lo republicó, atenta, como siempre, al progreso de nuestra sociedad. Quien pueda tolerarlo hasta el final, lo puede leer aquí.
Todo esto en nombre de una sociedad que dice encontrar en la falta de reglas morales su mayor anhelo de felicidad. Hemos visto algunos síntomas de ese felicísimo estado al que algunas naciones arribaron, según parece, y nos ponen hoy como apetitoso destino para estas arruinadas tierras alguna vez católicas. Espero no cometamos el error de confundir este trágico destino con el “progreso”, palabra que hoy resucita y se asocia a cierto orden económico y legal deseado por la sociedad argentina con razón.
A Dios gracias, la Argentina, de tan rebelde y mal llevada termina sacudiendo cada tanto alguna de sus lacras. Normalmente para caer en otras. Porque de los laberintos se sale hacia arriba. Y hacia arriba es Dios y su santa ley.
Venga el orden, en buena hora, y la prosperidad del trabajo y el esfuerzo, pero no a este precio. Precio que en parte ya pagamos, con los resultados que están a la vista.
Todo es un caos, y nos robamos los diarios de los puestos, aunque tengan vendedor…
http://panoramacatolico.info/articulo/debemos-tolerar-la-tolerancia


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